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Confluencias

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Me enamoré de la Pirucha en jardinera. Siempre me pareció la más linda de la clase. Hicimos toda la primaria juntos. Nunca me animé a confesarle mi amor, hasta sexto año, que fue cuando nos pusimos de novio, pero no me atreví a darle un beso en la boca.   Muchos años después la volví a ver en el barrio con una panza de embarazo de unos 7 meses, la cara hinchada y la misma petiza estatura. A pesar del paso del tiempo mantenía la hermosura que mi niñez recordaba. Aunque claro, los años habían pasado. La saludo a lo lejos levantando una mano. Me pregunto si sabrá que soy yo. ¿Me reconocerá?  Dejo la duda flotando y me dispongo a recorrer las calles de tierra del barrio de mi infancia. Después de tantos años hay casas que han cambiado su fachada. Tampoco se encuentran muchos de los baldíos en los que solíamos armar canchas de fútbol. Doblo a la izquierda en una esquina. Busco en mis bolsillos los cigarros que ya no fumo. Agarro unos chicles. Me llevo uno a la boca. Mastico. M...

“Sin letras no podemos volar”

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Está frase la dijo Gerónimo, un adolescente con el que trabajé durante varios semestres en CECAP La Paz, después de ver el cortometraje: “Los fantásticos libros voladores del Sr. Morris Lessmore”. Me quedo con esa y muchas frases, como la que dijo su hermana, el primer día de clase: “En mi barrio hay mucho teatro” . Pero no se refería a sitios donde hacer teatro sino a cómo ella veía su lugar.  Estoy en un período de mi vida donde se van produciendo muchos cierres y cambios. El viaje a Inglaterra ya es un hecho. Está llegando en cuestión de días.  Dejo de dar clases a adolescentes. Cierro un ciclo. Ofrecí durante este tiempo lo mejor de mí. Sin embargo me quedo con la exigencia de que podría haber sido mejor. Ellos me devuelven aquello que no veo. Saben más que yo, seguro. Sus vidas son tan frágiles que muchas veces duele verlas. Ahora necesito del aire y del cambio para volver en otro momento de mi existencia. Hace más de diez años que trabajo con vidas dañadas. Creo que lleg...

Los Albertos

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Hace años que los escucho, que acompañan mis mañanas y distintos momentos de mi vida. A Luis Alberto lo descubrí mucho tiempo después que a Carlos Alberto, pero en cada uno de ellos fui profundizando en sus letras y música. Aún me falta conocerlos pero es una tarea a la cual me dedico diariamente. Mientras se calienta el agua para el mate ya está sonando alguno de los Albertos. Es una rutina, un placer que contemplo con el oído. A pesar de que las personas que viven conmigo se quejen pero terminan coreando las canciones. Pero la historia comienza mucho antes. En una tarde en Montevideo, mi compañera entró a una página de facebook donde se ofrecían cosas usadas para comprar. En una de esas encuentra alguien que regala, por poca plata, una mesa esquinera alta, un banquito de madera maciza y una radio con reproductor de CD y MP3. Creíamos que eran cosas robadas o que era una venganza de separación. La cuestión es que pasamos con el auto y cargamos todas las cosas que nos ofrecían por una ...

Postergaciones

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  Hoy en día está de moda el término “procrastinar”. Aquellas obligaciones que aplazamos por el simple hecho de no poder hacerlas o porque no se nos dan las reverendas ganas. Valga cualquier de las acepciones. Me identifico con la segunda: no tengo ganas. No tengo ganas de producir, ni de ordenar nada. Más vale tengo ganas de que todo se vaya a la mierda. Sin embargo algo me detiene. Un filtro UV, un filtro SocialClub, un sentimiento, un cuidado, un amor por las cosas. Postergamos aquello que deseamos por un cuidado especial en la vida, para no caer en el egoísmo más acérrimo.  Un día me despierto con todo el ímpetu, me armo un mate amargo, me pongo esa ropa sucia, que ya no se puede presentar en sociedad, y me dirijo a la lista de las materias pendientes. Todas son actividades manuales: arreglar un foco, limpiar una pared, pintar un techo, poner un cuadrito, ordenar aquella habitación donde ya no se puede entrar, y tirar, sobre todo tirar aquello que ya no se va a usar. Desd...

Volveré / Soliloquio de la pensadera

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  Cuando la ansiedad toma mi cuerpo y no sé a donde escapar, me detengo y quedo estático. Simplemente muevo alguna de mis articulaciones de forma repetida para descomprimir el malestar, pero ya no corro más hacía ningún sitio. A lo sumo tomo alguna de las pastillas convenidas con la psiquiatra para calmar esa bestia que solemos tener dentro.    La ansiedad sobre todo aparece en la noche. Creo que es un acto reflejo de mi pasado. Ahora que no consumo nada, ahora que logré deshacerme de cada uno de los hábitos autodestructivos en lo que me encontraba, ahora que estoy limpio, sigue apareciendo la ansiedad como un síntoma que me dice qué camino debo tomar. La escucho. Es una parte mía, una constante que suele dominarme. Pero cada día me hago de las herramientas para ser yo quien domine la situación. Es como con la escritura, parece que se tranca la lectura pero algo en tu interior hace que sigas el hilo y vuelvas a detenerte en la percepción de tu vida, sin advertir de...

Migrar

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  Desde hace un tiempo lo único que hago es borrar lo que escribí, sin detenerme, en una vorágine desmesurada. Entonces, escritos de hace diez años archivados son sacados de su polvo de oscuridad y agonía para, en una lectura rápida, morir en lo que no fueron. Lo hago tanto en lo que está en papel como en lo que fui generando de manera digital. No temo, sino que lo busco. Está bien que esto suceda así, es necesario para que emerjan nuevos escritos. Algo en mí desea generar el espacio, como así también sentir el vacío de la nada para que en la pureza más absoluta, vuelva a reconstruirme con las letras. Frase a frase, párrafo a párrafo. Cuento a cuento. Libro a libro.   Para nacer antes hay que romper la bolsa donde fuimos engendrados, para morir antes hay que vivir. No hay mucho más misterio, por más que parezca lógico, cuando esto se advierte algo se revela. Pero cada quien debe hacer ese camino para darse cuenta de los pasos por donde anduvo.     Un d...

Gimnasio de ojos

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  Estamos a la vera de la ruta. Mi padre sostiene un cartel que dice “CÓRDOBA”. Estoy parado a su lado con mis ocho años. Tengo un ojo cubierto por un parche de gasa y encima están los anteojos. Todos los lunes, miércoles y viernes repetimos el mismo ritual. Hacemos dedo un primer tramo, de Río Tercero hasta Almafuerte. Luego nos paramos en el cruce, a la salida de una estación de servicio, y esperamos que alguien nos levante para hacer el otro segmento hasta Córdoba.   Solemos tener suerte. Mi padre conversa con un señor que nos lleva. Le comenta que estoy haciendo un tratamiento para mejorar mi vista. Me duermo una parte del camino. Sueño con plantas que hacen de mis ojos y veo a través de las ramas un verde claro de amanecer. Me despierto cuando estamos llegando a la capital. El bullicio del tránsito es abrumador. Me agarro fuerte de la mano de mi padre. Desde abajo observo su bigote tupido, sus ojos claros. Él me mira y sonríe guiñándome un ojo. Me dice de avanzar, e...